Fiesta del Bautismo del Señor Ciclo B

Somos de la tierra pero Dios nos ha regalado el cielo.

 

¿Bautismo? ¿Qué es eso? ¿Para qué sirve? Hoy celebramos el bautismo del Señor, no como un recuerdo de un acontecimiento del pasado, sino como una realidad que todavía nos afecta a todos. Por eso, es un día para reconocer los dones recibidos y pedir al Señor la perseverancia (oración colecta). Porque hemos sido llamados, elegidos y formados por un Dios que nos ama (primera lectura). Esto nos debe llevar a adorar a Dios por hacernos hijos suyos (salmo) y a vencer toda falsa distinción o separación que me impide acoger a los demás (segunda lectura). Sólo así podremos vivir realmente lo que significa ser hijos amados y predilectos de Dios (Evangelio).

Ver las lecturas

Te he llamado, elegido y formado

La primera lectura presenta el primero de los cuatro cánticos del Siervo del Señor que aparecen en el Libro de Isaías. En él se revela la imagen de un siervo con las características propias de un profeta. Ha recibido una unción que es la fuerza de lo alto para anunciar la Palabra de Dios. Esto significa que no lo logra por su propia destreza o capacidad sino gracias al carisma que ha venido sobre él. Su función será implantar el derecho. No lo imaginemos como una figura legal según nuestros términos modernos. La ley y el derecho en la Escritura se refieren a la palabra y voluntad de Dios. La función de este siervo es anunciar, advertir y cuidar. Pero tiene la peculiaridad de la mansedumbre: no ha venido a humillar ni destruir sino a implantar y promover. El mismo Dios le habla con los términos del relato de la creación: yo mismo te he formado. Dios mismo actúa por medio de su siervo para obtener la liberación, no solo al pueblo elegido, sino a toda la tierra. Nosotros somos imagen de ese siervo por el bautismo y llevamos esa misma misión por la gracia que hemos recibido. Esta palabra nos examina sobre la consciencia que tengo de la grandeza de ser bautizado y sobre la responsabilidad que esto implica. Deberíamos descubrir si junto a nosotros hay ciegos, prisioneros o habitantes de las tinieblas que necesiten de nuestra ayuda y cuidado para no estar echando a perder el gran don que se ha recibido.

 

Hijos de Dios

Los versículos del salmo 28 que rezamos en este domingo nos llevan a reconocer que somos hijos de Dios. Nuestra unión con Dios es una vinculación permanente y estable que no depende de emociones o circunstancias. Por otro lado, es una unión fundamentada en el amor paternal de Dios por nosotros. Esto nos lleva a descubrir y a confiar en el poder y dominio de Dios sobre toda la creación. Por eso, nuestra actitud delante de este gran descubrimiento es la adoración de Dios, reconocer su grandeza y nuestra pequeñez como lo hará el Bautista en el evangelio de hoy.

 

Dios no hace distinciones

La segunda lectura de esta fiesta es parte del discurso del apóstol Pedro en la casa de Cornelio, un centurión romano. Después de este discurso bautizarán a los primeros gentiles, es decir a aquellos que antes eran considerados excluidos de la salvación y de la relación con Dios. El sentido de esta lectura es mostrarnos la universalidad de la salvación de Dios. Si bien los acontecimientos de la vida de Jesús tuvieron unos lugares y personas concretas, la finalidad de estos era universal. Esta palabra nos invita a mirar nuestra actitud cristiana de acogida y solidaridad. Tristemente, todavía hoy se piensa que ser cristiano está reservado para un cierto tipo de personas que llevan un estilo de vida muy particular. No es así, desde los inicios el cristianismo ha sido el acontecimiento de la acogida y la solidaridad. Seas de la nación que seas, de la cultura, nivel económico, capacidad intelectual, sexualidad, ideales políticos o cualquier otro tipo de distinción ante Dios basta que existas para que te ame. A todos va destinada la Palabra, el Espíritu y Dios mismo.

 

Viene de Nazaret pero es el hijo de Dios

El evangelio de Marcos inicia con la presentación y descripción de Juan el Bautista a lo que sigue el encuentro de éste con Jesús. Al presentar la imagen sencilla y rústica del Bautista contrasta grandemente con lo acontecido a la persona de Jesús: se rasga el cielo, baja el Espíritu y se oye la voz del Padre. Este texto, marcadamente trinitario, es considerado una Epifanía. Así como los magos, en el evangelio de Mateo, manifiestan que el Salvador lo reconocen los pueblos gentiles, esta escena del bautismo manifiesta el carácter sobrenatural de la persona de Jesús. Se evidencia claramente la unión de las dos realidades en Jesús. Él es el que “viene de Nazaret de Galilea”, uno como nosotros, uno de nuestra carne, un conciudadano. Pero, al mismo tiempo es el hijo amado de Dios, el predilecto. Este bautismo de Jesús en el Jordán es diverso al bautismo de Jesús que celebramos hoy los cristianos. Sin embargo, en este evangelio ya se ven los signos esenciales del bautismo instaurado por Jesucristo. Nosotros, cristianos bautizados no podemos olvidar lo que somos. Hemos nacido en un pueblo y país concreto, de una familia, en un entorno social, con ciertas cualidades y deficiencias pero a la vez hemos recibido a Dios mismo. Ser bautizado significa que, sin dejar de ser quien soy, Dios ha querido darme su Espíritu, me ha abierto el cielo y me ha manifestado su amor y predilección. Ahora me pregunto, ¿qué voy a hacer con este don recibido? Recordemos lo que hace el siervo de la primera lectura. No olvidemos nunca ambas cosas, somos de la tierra pero Dios nos ha regalado el cielo.

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