La Sagrada Familia: Jesús, María y José (Ciclo B)

Dios es mi familia

La Navidad es el tiempo en el que se viven muchos encuentros y actividades que hacen presente de una forma u otra la familia. Las celebraciones de estos días nos ofrecen un maravilloso ejemplo que nos examina acerca de las virtudes domésticas y la unión en el amor, la familia de Nazaret (oración colecta). A la luz de este ejemplo nos cuestionamos en primer lugar cómo es nuestra relación entre padres e hijos (primera lectura). Esta relación debería ser iluminada por la practica del temor de Dios (salmo). Por el bautismo, hemos sido revestidos de Cristo, esto es una gracia inmensa en nuestra vida que debe llevarnos a un modo de relacionarnos con los demás, especialmente en la familia (segunda lectura). Estas relaciones, nos descubren que en los asuntos cotidianos con las personas que conviven conmigo puedo encontrar a Dios (Evangelio).

 

Padres e hijos

La primera lectura (Eclo 3, 2-6.12-14) que nos presenta la liturgia de este domingo se centra en el segundo consejo que hace un “padre-maestro” a su “hijo-discípulo”. Esta enseñanza se basa en el cuarto mandamiento del decálogo (Ex 20,12). La instrucción del maestro reflexiona acerca de la raíz y las consecuencias de obedecer a este mandamiento. La raíz o razón es que Dios lo ha establecido así, para esto se utilizan dos palabras: respeto y autoridad. A nuestros padres, independientemente de su condición y acciones, se les debe la veneración y actitud agradecida, no sólo por lo que son o han hecho, sino también por la autoridad de la que Dios los ha revestido. La palabra de este domingo nos invita a ver en nuestros padres una referencia a Dios. Reconociendo que tienen una autoridad sobre los hijos que viene de Dios, la obediencia y respeto se convierte en un vínculo con la gracia y la comunión con Dios. Esto aplica también a la inversa. Esta lectura debe interpelar a los padres y plantearles la pregunta ¿soy para mis hijos un signo del respeto y autoridad de Dios? ¿Soy signo del amor de Dios?

 

Todo para gloria de Dios

El salmo (127), al igual que la primera lectura nos presenta la sobrenaturalidad de la familia. La dignidad y buenos frutos del trabajo humano, la fecundidad del matrimonio y la prosperidad en la vida son frutos del temor del Señor. Nos invita a poner a Dios en todas la acciones de nuestra vida. Esta dicha o felicidad que proclama el salmo es la que se recibe de tener una comunión de pensamientos y decisiones con Dios y su voluntad en nosotros. Ojalá y aprendamos a decidir en el trabajo, en el matrimonio y en la oportunidades de éxito en la vida no sólo por las consecuencias económicas sino principalmente por la gloria que puedo dar a Dios mediante esas acciones y decisiones.

 

Tratar a los demás como revestidos de Cristo

Es triste que la segunda lectura de este domingo (Col 3,12-21) sea limitada a un versículo (3,18) cuando tiene tantísimo para darnos para nuestra vida de creyentes. Lamentablemente fijamos nuestra atención en la “mujer sumisa al marido” que aconseja el apóstol. Debemos tener en cuenta que este texto está condicionado a la mentalidad y cultura de su tiempo. Esto se prueba en el versículo siguiente a esta lectura donde se aconseja a los esclavos a obedecer a sus amos (Col 3,22). La esclavitud y la dignidad e igualdad de la mujer son realidades que en el primer siglo de nuestra era no eran vistos como lo podemos contemplar ahora. Y sería un anacronismo injusto condenar aquella generación con lo que conocemos y vivimos hoy. Sin embargo, el consejo sigue siendo válido con los ajustes de nuestro tiempo. Someterse significa respetar la voluntad de la otra persona. Si esto es así, quiera Dios y tengamos muchos maridos y mujeres sumisos entre ellos. Porque los grandes problemas en nuestras familias se deben a que cada uno quiere hacer su voluntad, lo que “le da la gana” sin tener en cuenta o valorar la voluntad del otro. Bendita sumisión a la que nos invita esta palabra. Esto lo entenderemos y podremos vivir cuando tomemos consciencia de que somos un “pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado”.

 

Dios está muy cerca de nosotros

El evangelio (Lc 2, 22-40) nos pone delante a una escena del cumplimiento de la ley del Señor por una familia que lleva en sus brazos al mismo Dios. Aquí se nos presenta la paradoja del Evangelio, una manifestación de la kénosis o anonadamiento de Dios. El creador de todo, el todopoderoso, el Dios de dioses y Señor de señores, el promulgador de la ley divina se hace niño y cumplidor de esa ley sólo por una razón: su amor incansable por cada ser humano. La paradoja radica en que Dios se ha querido hacer parte de nuestra familia, para que nosotros podamos ser también familia sagrada, familia de Dios. Simeón y Ana son signos de aquellos que estaban en el templo buscando a Dios y lo encuentran en una familia, en un niño. Esto nos enseña que buscamos a Dios muy lejos, cuando lo puedo encontrar muy cerca. Cuando celebramos la Sagrada Familia en el contexto de la Navidad no lo hacemos solamente por la imagen que nos presenta el pesebre. Se hace, ante todo, para llevarnos a entender que en el contexto de las relaciones humanas de cada día puedo encontrar a Dios. Dios es siempre relación, la Santísima Trinidad es relación entre personas, así el verbo encarnado ha querido manifestar su presencia en el mundo mediante las relaciones de una familia. Esta realidad nos debería enseñar mucho a cada uno de nosotros. A la luz de esta fiesta de la Sagrada Familia deberíamos juzgar si nuestra relación de familia es signo de la presencia de Dios. Esto no se trata de manifestar pietismos o sermones extraños sino de practicar la caridad, el respeto y el servicio entre todos. La Sagrada Familia de Nazaret nos enseña que Dios es “normal”. El lugar donde se cultiva la fe y la vida cristiana no es el templo, allí se manifiesta y celebra, el lugar es la vida en el hogar. La corrección que hago a uno, la ayuda que brindé a otro, la consciencia de los asuntos económicos, el respeto del espacio y tiempo del otro, las manifestaciones de afecto, el abrazo recibido, el elogio por lo que lograste o realizaste son virtudes que debemos vivir en el hogar para manifestar esta presencia divina. Esto va coronado o acompañado por la oración en común y la exhortación a vivir la fe. Que esta solemnidad que celebramos nos ayude a que nuestros hogares, sean como sean, logren convertirse en familias sagradas como la del hogar de Nazaret.

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