Solemnidad de la Epifanía del Señor

¿Dios es para todos o para mi?

La revelación, los alejados, la luz, la fe y la contemplación son realidades que nos guían al verdadero sentido de la celebración de la Epifanía del Señor (oración colecta). Epifanía significa revelación o manifestación, algo oculto o misterioso que se da a conocer para la salvación de la persona (segunda lectura). Esta salvación no es solamente para unos pocos o unos elegidos que pueden estar “cerca de Dios” sino para todos (primera lectura y salmo). Sin embargo, el ser humano es libre y puede aceptar o rechazar esta gracia de la salvación de Dios (evangelio).

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De la oscuridad a la luz universal

Estas hermosas palabras de consuelo y ánimo que encontramos al inicio del capítulo 60 del libro de Isaías son el inicio de un gran mensaje (Is 60–62) dirigido al pueblo que regresa del sufrimiento del exilio. Es un pueblo que tiene una fe y una esperanza caída y desanimada. La necesidad del pueblo es ver en Dios a aquel que consuela y apoya a su pueblo. En medio de la tinieblas, la oscuridad y la noche llega la luz, el resplandor y el amanecer. Se contempla a Dios como aquel mismo de la creación que en medio del caos de la oscuridad dijo “hágase la luz” y se hizo. Sin embargo, en este nuevo de comienzo de relación con Dios surge una novedad en el pensamiento y la teología israelita: Dios no es solamente del pueblo de Israel sino de todos. Vienen multitudes de regiones y países que no conocían a Dios para ofrecerle todo lo que tienen y alabarlo. Esta solemnidad es iluminada por este texto que nos ayuda a contemplar que nuestro sufrimiento, pecado, desanimo, tristeza o muerte quedan vencidas por la manifestación del resplandor de Dios que alcanza a todos. No solamente a los que están “cerca de Dios” sino a todos, a los alejados, a los que no le conocen y a los que le dieron la espalda.

 

Dios es para todos y para cada uno

La universalidad de la salvación es una realidad que surge tardíamente en el pueblo de Israel. En un inicio se contemplaba a Dios como aquel que había elegido a una persona (Abraham) y con él a su descendencia de sangre (tribus de Israel). Sin embargo, paulatinamente se fue manifestando la voluntad salvífica universal de Dios. Es decir, el Señor quiere salvarnos a todos. Este salmo, al igual que la primera lectura nos pone delante de esta realidad. Dios domina todo el mundo. En la lengua hebrea, cuando se quiere manifestar la totalidad de una cosa se mencionan sus dos extremos: mar a mar, gran río al confín de la tierra, principio y fin, de la salida del sol hasta el ocaso… Pero no confundamos el dominio universal de Dios con la superficialidad. Por eso el salmo concluye con situaciones muy concretas de la vida: pobreza, aflicción e indigencia. Dios es para todos y para cada persona en particular con sus particularidades.

 

Un misterio para todos

En el texto de la Carta a los Efesios que escuchamos en la Epifanía del Señor se concentran varios temas de la teología paulina que nos ayudan a contemplar el misterio de la encarnación. En primer lugar reconocemos que la salvación de cada ser humano se fundamenta en recibir la gracia de Dios. Además, el misterio de Dios no es algo escondido sino revelado, abierto y dado a conocer. Ambas cosas, recibir la gracia y contemplar el misterio, nos hacen coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipe de las promesas. Es admirable cómo en estos cuatro versículos se concentra la esencia de nuestra vida de cristiana. Todo ello encuadrado en la verdad principal de esta solemnidad: todos, “también los gentiles”. Bajo la expresión “gentil” se entiende todo aquel que no pertenece al pueblo de Israel. El anuncio principal de esta lectura, y de la solemnidad de hoy, es decirnos que no importa quien soy ni la historia, familia, nación, decisiones, influencias, contextos en los que me encuentro, Dios quiere manifestarse en mi vida y regalarme su gracia, su presencia y cercanía.

 

Dos formas de responder ante una misma noticia

El evangelio presenta la llegada de las “Magos de Oriente” a la adoración del Niño. Sería bueno que notáramos la contraposición entre estos misteriosos personajes y el rey Herodes. Para lograrlo nos podemos servir del verbos usados por el evangelista que describen la reacción ante la notica de la Navidad. El rey Herodes se sobresaltó, convocó, preguntó, llamó y mandó. Mientras que los Magos de Oriente oyeron, se pusieron en camino, se dejaron guiar, se llenaron de inmensa alegría, adoraron y ofrecieron regalos. El primero manifiesta el ser humano que se autoafirma desordenadamente, busca respuestas en sí mismo y ante la amenaza de otro que pueda hacerle sombra, sea Dios o quien sea, desata todo su orgullo, soberbia y autoritarismo. De otra parte, los magos son aquellos que se reconocen necesitados de algo más en su vida, que tienen un espíritu de búsqueda, reconocen que no tienen las respuestas y al descubrir a Dios no lo juzgan o señalan sino que lo adoran y le ofrecen lo que tienen. Al culmen de las celebraciones de la Navidad la liturgia no pone delante de estos dos testimonios para que nos examinemos acerca de nuestra respuesta ante el anuncio de la llegada de Jesús a nuestra vida. Nos invita a descubrir que Dios es para todos pero que cada uno debe responder con espíritu de humildad y adoración.

 

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