Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Ver, oír, meditar, vivir.

Al comenzar un nuevo año, la liturgia nos invita a mirar a la madre de Dios. María, es modelo y mediadora de todo el que busca a Dios. A ella pedimos su intercesión (colecta) para que nos ayude a recibir dignamente la bendición de Dios y dar buenos frutos (primera lectura y salmo). Ella es la mujer, aquella que dio a luz al hijo de Dios por el que somos hijos adoptivos y familia de Dios (segunda lectura). Ella es modelo de respuesta ante los acontecimientos y palabras de Dios mostrándonos que la fe debe ser meditada y entendida para que se convierta en vida (evangelio).

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 Bendición de Dios

La primera lectura (Num 6,22-27) de esta solemnidad nos pone en el contexto del Sinaí cuando Moisés recibe la instrucciones de parte de Dios antes de la consagración del santuario y de los sacerdotes. Nos presenta la bendición sacerdotal, es decir, la bendición que Aarón dará a sus hijos y se transmitirá de generación en generación. Es bueno mirar esta bendición como recibida por todos nosotros al iniciar el nuevo año, ya que, por el bautismo, todos nosotros somos el pueblo sacerdotal, el pueblo de Dios. Para nosotros en español, ben-decir significa “decir bien”, desearle bien a alguna persona. Sin embargo, para la lengua y mentalidad hebrea la palabra Barah, literalmente significa arrodillarse, como un saludo o un acto de adoración. La bendición sobrepasa el aspecto material, va más allá, a lo sobrenatural. La bendición comienza con la frase “el Señor te bendiga”: Él es el portador y la fuente de todas las demás bendiciones. “Te proteja”: Proteger en hebreo es Shamar y significa poner un cerco alrededor de algo para guardarlo y cuidarlo. Dios quiere mantengamos la bendición y que nadie nos la robe. “Ilumine su rostro sobre ti” es una figura idiomática utilizada en hebreo. Lo contrario sería “esconder el rostro”. Cuando su pueblo obedece, el Señor resplandece su rostro sobre ellos. Es la presencia de Dios en el creyente. “Te conceda su favor” o en otras palabras “tenga misericordia de ti”. La palabra utilizada aquí significa doblarse o inclinarse en bondad hacia un inferior. Es moverse a favor de alguien mediante una petición. Este tipo de misericordia se conoce más como “gracia”. Es un favor no merecido. Aun así, Dios se inclina a favor nuestro, en toda su bondad, y nos lo concede. “El Señor te muestre tu rostro” Como dice Jeremías, “Él no tiene el rostro caído, no guardará rencor ni ira para siempre, porque es misericordioso con su pueblo”. El Señor ha mostrado su rostro, no sólo en señal de que perdona a su pueblo, sino en espera de que nosotros regresemos a Él. “Mostrar el rostro” es el equivalente a sonreír y tener una disposición favorable. “Te conceda la paz” La paz en la Sagrada Escritura va más allá que la ausencia de conflicto. Paz en hebreo es Shalom, que literalmente quiere decir: completo. Es no tener necesidad de nada, es tener bienestar total e integral, en todas las áreas de la vida. El deseo de Dios es que su pueblo no tenga necesidad de nada y que esté en paz, sobre todo en paz con Él. “Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel”: La finalidad de la bendición es poner el Nombre de Dios sobre el pueblo. Se podría comparar en nuestro tiempo con poner el apellido. En cierta forma, el Señor los está adoptando como hijos. Llevar el Nombre de Dios es ser considerado de su familia, llevamos su Nombre.

 

Respondamos a la bendición

El salmo 66 añade a la bendición de Dios su dominio sobre el mundo y la respuesta que debemos dar a Dios. Si por un lado el Señor nos bendice, tiene piedad y rige el mundo justamente, por otro lado el ser humano debe corresponder con diversas actitudes. “Conocer sus caminos”, el camino es la vida, es el obrar es la dimensión práctica de nuestra existencia. Conocer los caminos de Dios es vivir según su enseñanza y su voluntad. “Cantar de alegría” es la característica propia del que ha encontrado a Dios, descubrir todo lo que vamos recibiendo de Dios se debe manifestar mediante la alegría, aún en medio de las dificultades. “Alabar a Dios” es narrar sus maravillas, es el testimonio de lo que Dios va haciendo en mi. “Temer a Dios” es la lucha cotidiana por no perder aquello que hemos recibido de él. Es una bendición que tiene un alcance universal, no solamente para el pueblo elegido de Dios, sino que el Señor bendice hasta los confines de la tierra.

 

Somos hijos

La Carta a los Gálatas es uno de los textos por excelencia donde San Pablo presenta su mensaje acerca de nuestra nueva condición delante de Dios: no estamos bajo el dominio de la ley sino bajo la gracia de Dios. En la segunda lectura de esta fiesta presenta esta idea mediante la contraposición esclavo-hijo. No somos esclavos de la ley ante Dios sino hijos por la venida de su hijo a nosotros. Así como la bendición de Aarón invocaba el nombre de Dios sobre el pueblo de modo que su identidad era la de la familia de Dios, ahora mediante la gracia que nos viene por la unión a Jesucristo somos verdaderamente hijos y herederos de Dios. Ser cristiano no consiste en un aprendizaje de reglas que debo obedecer sino en tomar consciencia de mi nueva dignidad, de la presencia real del Espíritu de Dios en mi vida que me hace hijo de Dios, heredero de sus bendiciones. Todo esto se realiza porque Jesús, hijo de Dios, es también un hijo de mujer, es uno de nosotros, es uno de nuestra misma condición humana. Demos gracias a Dios por el sí de esta mujer, María, que permitió que Jesús se hiciera nuestro hermano, nos diera a Dios como padre y que su Espíritu viniera a nuestros corazones, es decir, a toda nuestra vida.

 

Meditar en el corazón

Hace ocho días se celebraba la solemnidad de la Navidad, contemplábamos la escena ocurrida en el pesebre de Belén, el nacimiento del hijo de Dios. En esta solemnidad, se nos invita a contemplar que lo ocurrido en el pesebre tiene unas consecuencias que afectan a todos: “todos se admiraban”. Los pastores van corriendo y ven a un joven matrimonio con un niño en un pesebre, y esto les bastó para reconocer en él a Dios mismo. Este escena la veremos también en el tiempo de Pascua cuando unas mujeres van corriendo al sepulcro sólo ven unas sabanas. Un niño en un pesebre y unas sabanas en un sepulcro a los ojos de cualquiera no dicen nada. Pero a los ojos de los que han sido hechos hijos de Dios, por la bendición del Padre y la presencia de su Espíritu, estos signos bastan para comprobar que Dios ha realizado una gran obra en nuestra vida. El ejemplo principal para vivir el misterio de la Navidad y ver los acontecimientos de un modo diverso es María, ella conservaba y meditaba en el corazón. La palabra griega rhēma usada por el evangelio puede traducirse como “cosa” o como “palabra”. Es decir que María conservaba los acontecimientos que ha visto y las palabras que ha escuchado: ver y oír, así como los pastores. Sin embrago, no es un ver y oír para conservar un recuerdo como hacemos con las fotos en nuestros álbumes o cuadros de nuestra casa. María, además, meditaba en su corazón. Esta expresión, propia de san Lucas, se refiere al esfuerzo realizado por encontrar el sentido de alguna cosa. María, a la que hoy celebramos como madre de Dios y madre de todo creyente, se presenta como modelo de reflexión. Ella nos enseña que no basta con memorizar ciertas cosas de nuestra fe, es necesario hacer un esfuerzo por descubrir el sentido de las cosas, el sentido de la palabras. El verdadero hijo adoptivo de Dios es el que ha sido parte de unos acontecimientos en su vida, ha escuchado unas palabras y esto se lo lleva al corazón para darle sentido y hacerlo vida.

¡Feliz año nuevo lleno de la bendición de Dios!

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