IV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

Cállate y escucha

¡Cállate y escucha! Me dijeron en una ocasión en la que la emoción no me dejaba atender a quien me estaba hablando. Y, con un nudo en la garganta, recibí una hermosa noticia. Eso es lo que quiere hacer Dios con nosotros en este domingo, callarnos e invitarnos a escuchar su voz. La voz de Dios es lo que anuncia el profeta (primera lectura) y lo que hace que no endurezcamos el corazón (salmo). Esa voz se transforma en consejos prácticos para la comunidad (segunda lectura). Y esa voz es la que debemos descubrir en los acontecimientos de nuestra vida (evangelio). Que aprendamos, ante Dios y los demás, a callar y escuchar.

Ver las lecturas 

 

Escuchar a Dios para hablar de Él

La primera lectura de este domingo nos presenta un texto del llamado Código Deuteronómico que abarca los capítulos 12-26 del Libro del Deuteronomio. Son una serie de leyes sin orden específico, promulgadas luego del Código de la Alianza, de las cuales depende la permanencia en la Tierra Prometida. En el capítulo 18 se habla acerca de los sacerdotes y los profetas. El texto comienza con la repetida premisa “Cuando hayas entrado en la tierra que el Señor tu Dios te va a dar…” (18,9a). Por tanto, estamos hablando de las promesas hechas por Dios a su pueblo y las condiciones para permanecer en la comunión con Dios y con los demás. La promesa de este pasaje es el don de la profecía, que no es cualquier persona que dice cosas prodigiosas sino uno al modelo de Moisés. Es decir, uno que contempla a Dios, habla con él, conoce su nombre y es fiel a la palabra que ha recibido de la voz de Dios. Esta voz de Dios representa el centro de la liturgia de este domingo. Una voz que hizo temblar al pueblo, porque es la voz capaz de hacerlo todo nuevo. Es la voz que creó los cielos y la tierra, es la voz que juzga los corazones de cada uno porque sabe lo que hay en el interior. Es la voz que en el Génesis escuchó Adán y se escondió porque reconocía su propia infidelidad. Por eso ante la voz de Dios seremos juzgados de nuestra acogida y rechazo, tanto el profeta que la anuncia como el pueblo que la escucha. De esa escucha y anuncio de la voz de Dios dependerá la permanencia en la tierra. Esto significa para nosotros, la permanencia en la amistad y la vida de comunión con Dios y los hermanos. Si escucháramos más la voz de Dios, sería muy distinta nuestra relación con él y con los demás, pero lamentablemente hablamos más de lo que escuchamos.

 

Si te escucho te pertenezco

En la Sagrada Escritura sólo Dios es el Santo. Santidad significa, en el Antiguo Testamento, separación. Dios es santo porque es separado del mundo, porque no pertenece a la Tierra. Sin embargo, hay modos de tocar esa santidad de Dios. Puedo entrar en la santidad de Dios mediante en el culto y las celebraciones. Este salmo se cantaba en el momento de ir en procesión a Jerusalén para darle culto a Dios en alguna celebración. El mismo inicia reconociéndolo como la Roca que salva, a quien hay que dar gracias y aclamar con cánticos. Por eso, a pesar de la distinción entre Dios y el pueblo, existe una pertenencia mutua que se destaca en este salmo con los pronombres posesivos “nuestro (Dios)” y “su (pueblo)”. Esta pertenencia mutua entre Dios y nosotros que somos su pueblo se conserva mediante la escucha de su voz. En el salmo se nos invita a no endurecer el corazón como en Masá y Meribá. Estos lugares del camino del Éxodo son a su vez un símbolo para todos los que buscan a Dios en todos los tiempos. Masá significa “disputa” y Meribá “tentación”. Cuando se entra en disputa, altercado o enemistad se deja de escuchar y se endurece el corazón. Aún en nuestro tiempo luego de fuertes disputas se bloquea al otro en las redes sociales porque “no te quiero escuchar” o “no quiero saber de ti”. Esto nos ocurre también ante la voz o los planes de Dios. Porque aún no descubrimos que él es el Otro, el que está por encima de todo y conoce todo mejor que yo. Si venciéramos la tentación, “Meribá”, de creer que sabemos más que Dios, nuestro corazón encontraría paz y descanso en él, esto es entrar en su santidad.

 

Virginidad en la Iglesia

Pablo, continúa en la Primera Carta a los Corintios dando consejos prácticos en torno al matrimonio y a la virginidad. El criterio utilizado por San Pablo en este texto radica en el servicio que se puede prestar a la comunidad en los asuntos del Señor. No es que esté más cerca de Dios sino más disponible para la comunidad en estos aspectos. Cuidado con malinterpretar el texto y hacerlo decir lo que no dice. Aquí no se están estableciendo grados en las diversas vocaciones cristianas. Pablo no dice eso y lo confirmará más adelante en esta misma carta cuando describe la Iglesia de los bautizados como un cuerpo con diversos miembros (1 Cor 12,12-29). Todos en la iglesia son igualmente necesarios y dignos, solamente destaca en dignidad la cabeza, que es Cristo. Por tanto, el don de la virginidad o celibato no es un “status” de superioridad sino un estilo de vida para servir a la Iglesia de Cristo.

 

Cállate y escucha

Después de la llamada a sus primeros discípulos Jesús continúa en la zona de Galilea, concretamente en la ciudad de Cafarnaún. En el texto evangélico de este domingo, destacan las palabras que se refieren a la voz: enseñar, callar, grito fuerte, obedecer, fama. En primer lugar, causa admiración y asombro la enseñanza de Jesús. Ya no es la voz que juzga y causa miedo porque me puede condenar sino la voz que admiro. Es la voz de la misericordia, aquella que anuncia que el reino de Dios ya está entre nosotros. La manifestación del “espíritu inmundo” revela todas esas voces que quieren cuestionar lo que ya se conoce. “¿Qué quieres? ¿a qué vienes? Sé quien eres” son las sentencias del corazón endurecido que no quiere escuchar la voz de Dios. Ante la palabra de Dios, nuestra naturaleza pecadora se rebela planteando cuestiones absurdas. No es que no podamos cuestionarnos los temas divinos. Precisamente, la teología se basa en preguntas acerca de Dios y su plan con nosotros. Sin embargo, lo que daña nuestra relación con Dios es que, en medio de tantas preguntas, dejo de escuchar la voz de Dios. Por eso, necesitamos que Jesús nos diga frecuentemente “¡cállate!” como al espíritu inmundo. Sólo así, aunque “gritemos fuerte” por nuestro orgullo y rebeldía, porque no era lo que pensaba o esperaba, encontraremos una respuesta de Dios en nuestra historia. Callarse y obedecer (escuchar) a Dios debe ser la actitud fundamental de todo cristiano. Nuestro evangelio concluye hablando de la “fama” de Jesús que en griego se dice akoḗ y tiene la misma raíz de la palabra “escuchar”. Todos escuchaban hablar de Jesús. Nuestro propósito de este domingo no debe ser otro que intentar escuchar a Jesús en todo aquello que me hable de él, en los diversos momentos y lugares que vivo diariamente.

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