VI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

Un Dios cercano

¡Padre!, usted que está más cerca de Dios…” Los que me conocen, saben cuánto repruebo esa frase. Porque la cercanía o lejanía de Dios no depende de las funciones en la liturgia o consagraciones que se haya recibido. Estas tienen como finalidad el servicio dentro de la comunidad y no son para elevarnos sobre los demás. Todos podemos estar igualmente cerca de Dios. Lo que debemos hacer es vivir de tal manera que él se digne habitar en nosotros (oración colecta). Que nuestros pensamientos y acciones no nos hagan sentir excluidos de su amor y misericordia (primera lectura) sino que podamos gozarnos en su perdón y amor (salmo). Así, daremos una verdadera gloria a Dios que ayudará a nuestros hermanos (segunda lectura). Para alcanzarlo debemos vencer ciertas costumbres que nos alejan de él y sacar de nosotros la lepra de un corazón endurecido (evangelio).

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Puro e impuro

El libro del levítico contiene una serie de leyes que el pueblo de Israel debe cumplir para reconocer la santidad de Dios y alcanzar la santidad propia. Ser santo, literalmente significa, ser separado, ser apartado, no pertenecer a la tierra sino al cielo. Por eso, para acercarse a alcanzar esta santidad se debe estar puro de todo aquello que lo impida. Los capítulos 11–16 contienen las leyes que se refieren a la pureza e impureza como medio para entrar en la santidad de Dios (caps. 17–26). Es puro aquello que puede acercarse a Dios mientras que es impuro aquello que incapacita para el culto o te excluye de él. Hemos de reconocer que la pureza-impureza no tiene que ver necesariamente con la vida moral sino con la capacidad de rendir un culto agradable a Dios. Según la teología del Levítico y de gran parte de la historia del pensamiento judío existen varias realidades y acciones que te hacen impuro. Incluso tenían una lista de alimentos y animales considerados impuros. En la lectura de este domingo se habla de la impureza por la enfermedad de la lepra. Pero, lo que hace más duro la enfermedad no es solamente los dolores que provoca sino el saberse excluido del encuentro con Dios y con el pueblo. Resultan fuertes las palabras con las que concluye esta lectura diciendo que el enfermo vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento. Los profetas nos ayudarán en esta concepción y nos iluminarán diciendo que la verdadera impureza no es la de fuera. No es la enfermedad lo que me hace impuro sino los pensamientos e intenciones del corazón. Eso es lo que realmente nos aleja de Dios y de los demás.

 

Acercarse a Dios

En respuesta a la primera lectura de este domingo tenemos un salmo penitencial y didáctico. Tiene como finalidad enseñarnos a entrar en un camino de reconocimiento de la propia culpa delante de Dios. Sin embargo, es clarísimo el contraste entre la primera lectura y este salmo. Mientras que el Levítico te invita a alejarte de Dios y de los demás cuando estás en la “impureza”, el salmo te invita a acercarte más a Dios precisamente cuando reconoces tu pecado. Acercarnos con un “corazón sincero” debe ser la actitud de todos nosotros. Que nos ayude esta palabra a reconocer que no hay nada que me pueda apartar del amor y la misericordia de Dios.

 

Dar gloria a Dios

Ser cristiano no son solamente acciones e ideologías sino toda una vida. Por tanto, no se trata de cumplir ciertas exigencias de culto y moral sino que en todo lo que hago, digo y pienso debo dar un testimonio de la presencia de Dios entre nosotros. Esa es la verdadera manifestación de la gloria de Dios. Dar gloria a Dios consiste en llevar a plenitud su obra en el mundo. Por tanto, así como la belleza, la inmensidad o la fuerza de la naturaleza son manifestación de su gloria, nosotros los seres humanos estamos llamados a glorificarlo con nuestra vida. Ese es el mejor testimonio de puedo dar ante los demás. San Pablo nos muestra que el cristianismo no es apartarse de las cosas del mundo sino estar entre los demás dando un ejemplo y contagiando de pensamientos y acciones positivas a todos. Así, la santidad adquiere un nuevo significado, no es solamente apartarse sino saber estar en medio de los demás.

 

¿Qué me aleja de Dios?

En el evangelio de este domingo vemos un quebrantamiento de las reglas tradicionales de la pureza. Esto nos lleva a una comprensión de lo que es realmente el encuentro con Dios y con los demás. En la primera parte del evangelio el leproso se atreve acercarse a Jesús para pedir su curación , cosa que estaba terminantemente prohibida. A lo que Jesús responde con otra acción que también estaba prohibida: tocarlo. La prohibición de tocarlo no es una simple norma salubrista para evitar el contagio sino que tiene un sentido religioso. Jesús, al tocar a uno que está perdiendo sangre, un leproso, queda impuro también él. Sin embargo, Jesús nos muestra que nada nos puede separar del amor de Dios. No existen esas distinciones de “más cerca o más lejos de Dios”, ya que Dios es todo para todos. Luego, vemos que Jesús hace una referencia al culto del templo. Con esto nos muestra que es también importante reintegrarse a la comunidad de hermanos: comunión con Dios y con los hermanos. Finalmente, vemos un intercambio en los papeles de Jesús y el leproso. Jesús es ahora el nuevo leproso, el apartado de la sociedad, que debe quedarse afuera en descampado. Así, como la norma de la lepra, según el Levítico, te apartaba y dejaba en la soledad, existen mentalidades que son peores de la lepra que excluyen y alejan de los demás y de Dios. Dos cosas deberíamos descubrir de este evangelio. En primer lugar, quebrantar las tradiciones absurdas para hacer a Dios más accesible y cercano a todos, no solamente a un grupo de selectos que llevan un estilo de vida privilegiada. En segundo lugar, descubrir cuáles son esas verdaderas lepras en nuestros ambientes. Es decir, aquello que me aparta y aleja de los demás e impide que Dios pueda entrar en mi vida y tocarme con su amor.

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